Por Omar Ríos – noviembre 2025
En su informe de octubre de 2025, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ajustó sus previsiones de crecimiento mundial, proyectando una expansión del 3.2 % para este año. Aunque la cifra parece razonable frente al contexto pospandemia y la fragmentación geoeconómica global, el propio organismo advierte que el crecimiento se sostiene sobre una base frágil, vulnerable a múltiples choques.
Inflación persistente, altos costos financieros, tensiones geopolíticas y una desaceleración en economías clave forman parte del nuevo panorama que, más que recuperación sólida, parece una carrera de resistencia económica con obstáculos impredecibles.
Mi hipótesis:
El crecimiento global proyectado por el FMI no es señal de fortaleza, sino de supervivencia estructurada. El mundo no está avanzando, está evitando retroceder. En este entorno, los países que no tomen decisiones estratégicas internas estarán destinados a quedar atrapados en un estancamiento prolongado.
¿Qué dice el FMI?
En el World Economic Outlook de octubre, el FMI destacó los siguientes puntos:
- Crecimiento mundial del 3.2 %, ligeramente mejor que el promedio de los últimos dos años, pero aún por debajo de los niveles prepandemia.
- Inflación global disminuyendo lentamente, pero con persistencia en precios de servicios y alimentos en muchos países emergentes.
- Altas tasas de interés que están empezando a desacelerar el crédito y el consumo en economías avanzadas.
- Riesgos geopolíticos crecientes, particularmente por el conflicto en Ucrania, la tensión EE.UU.–China, y las disrupciones en el Mar Rojo, Canal de Suez y cadenas logísticas.
- China pierde velocidad, con un crecimiento estimado en torno al 4.6 %, afectada por su crisis inmobiliaria y bajo consumo interno.
- América Latina crecerá alrededor del 2 %, con heterogeneidad marcada entre países más abiertos y diversificados, frente a otros atados a commodities.
¿Qué significa esto para los mercados emergentes?
Los mercados emergentes, incluidos México y América Latina, enfrentan un dilema:
- Si los tipos de interés globales se mantienen altos, atraerán capitales financieros, pero encarecerán el crédito local y desincentivarán la inversión productiva.
- Si las grandes economías desaceleran, la demanda por exportaciones se reduce y los flujos comerciales caen.
- Y si la inflación no cede lo suficiente, los bancos centrales locales tendrán poco margen de maniobra para estimular el crecimiento.
Es un equilibrio inestable. El riesgo no es solo externo, es doble: estancamiento con inflación.
¿Y México?
Para México, el contexto global ofrece oportunidades limitadas pero reales:
- La relocalización industrial (nearshoring) sigue siendo una ventaja competitiva.
- El T-MEC proporciona certidumbre comercial.
- El peso mexicano ha mostrado estabilidad relativa, respaldado por remesas históricas y reservas sólidas.
Pero también hay amenazas:
- La desaceleración industrial global afectará exportaciones.
- La dependencia de EE.UU. hace al país vulnerable a cualquier shock externo.
- La falta de reformas estructurales internas limita la capacidad de respuesta.
El nuevo mapa económico global: bloques, riesgos y adaptación
La economía mundial avanza hacia un modelo fragmentado, donde los bloques regionales se vuelven más importantes que el consenso multilateral.
- EE.UU. y Europa siguen lidiando con deuda, bajo crecimiento y tensiones internas.
- China se reestructura lentamente, pero pierde dinamismo.
- África y Asia emergente se consolidan como mercados clave a mediano plazo.
- América Latina, con abundantes recursos pero bajo nivel de integración, corre el riesgo de quedar rezagada si no actúa con visión estratégica.
Conclusión
El pronóstico de crecimiento global del 3.2 % no es motivo de celebración. Es una advertencia disfrazada de estabilidad. La economía global camina sobre hielo delgado, donde un nuevo conflicto, una crisis energética o un error de política monetaria podrían desequilibrar todo.
Mi hipótesis se confirma:
el mundo no crece con fuerza, solo resiste. Y en este contexto, los países que no cultiven su autonomía económica, su inversión interna y su resiliencia productiva estarán condenados a depender de ciclos que ya no controlan.

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