Por Omar Ríos

La política exterior de México vive un momento decisivo. Bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum y con Marcelo Ebrard como figura clave en la Secretaría de Economía, el país ha lanzado un mensaje claro y firme a Washington y Ottawa: si el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) no corrige sus desequilibrios, México está dispuesto a reescribir su historia comercial.

Lo que inicialmente parecía una revisión rutinaria del tratado pactada para 2026, hoy se convierte en un adelantamiento estratégico que reconfigura el tablero geopolítico de América del Norte. La postura del gobierno mexicano es contundente: no habrá acuerdos energéticos ni sectoriales sin respeto al equilibrio fiscal y comercial. El mensaje: México no será más cómplice de su propio saqueo.

De socio menor a potencia regional

Durante décadas, México ha sido percibido como el socio menor en los acuerdos trilaterales. Esa narrativa se agota. La presidenta Sheinbaum dejó en claro que no tolerará aranceles camuflados ni bloqueos disfrazados. Canadá y Estados Unidos deberán dejar de ignorar una realidad evidente: la economía mexicana ya no se arrodilla.

Marcelo Ebrard lo expresó sin rodeos: “México no va a esperar hasta 2026 para que sigan pisoteando su mercado”. La revisión del T-MEC se convierte en exigencia, no en trámite. Y si no hay consenso, se abre una puerta hacia nuevas alianzas, incluida la posibilidad de un acercamiento al bloque BRICS.

¿BRICS como alternativa?

El interés de potencias como Brasil, China, India y Sudáfrica por la postura mexicana no es casual. La entrada de México al BRICS, aunque hoy aún hipotética, representa una opción real en un contexto donde Estados Unidos pierde influencia y credibilidad en el sur global.

En este sentido, México se posiciona como puente entre América del Norte y los mercados emergentes. Con un discurso soberano y un enfoque técnico sin precedentes, los equipos mexicanos revisan cláusula por cláusula del tratado. Si detectan trampas, habrá consecuencias.

La advertencia ya está sobre la mesa: “Made in México” ya no es solo una marca, es una exigencia de trato justo. México quiere vender, pero también quiere ganar.

Una prueba de poder

Lo que está en juego va más allá del comercio. La revisión adelantada del T-MEC será el termómetro del respeto regional. Si hay voluntad, habrá reforma. Si hay resistencia, puede haber ruptura.

La estrategia del gobierno mexicano es clara: no se trata de confrontar, sino de corregir. Pero si Estados Unidos insiste en el desequilibrio, México responderá con un giro que podría tener consecuencias profundas: voltear hacia Oriente, hacia el BRICS, y dejar atrás la sumisión estructural que marcó los tratados de los años noventa.

Conclusión

México ya no juega en modo defensivo. La nueva diplomacia económica está en marcha. Se acabaron los privilegios automáticos para Washington y las evasivas de Ottawa. Hoy, el coloso azteca exige reciprocidad, justicia comercial y respeto. El tablero geoeconómico se reconfigura y México está en el centro de esa transformación.

¿T-MEC o BRICS? Tal vez la pregunta correcta ya no sea cuál elegir, sino cuánto tiempo más se permitirá seguir en un sistema que no cumple con los principios de equidad que prometió.