Por Omar Ríos
Mientras en Washington se repiten discursos de amenaza, sanciones y subordinación, en Pekín florecen los discursos de respeto, desarrollo común y cooperación. La reciente edición del foro China-CELAC ha puesto en evidencia el creciente viraje de América Latina hacia una alianza más profunda con el gigante asiático, desplazando lenta pero consistentemente a Estados Unidos del centro de influencia económica y geopolítica en la región.
Este foro, nacido en 2014, se ha transformado de un “retoño” diplomático en lo que el propio Xi Jinping describe como un “árbol imponente”. Y no exagera: el comercio entre América Latina y China ya supera los 500 mil millones de dólares anuales, un volumen que se ha multiplicado por más de 40 desde el año 2000. Más de 20 países de la región han adherido a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, firmando su apuesta por una integración en la que la inversión, y no la imposición, marca el rumbo.
De socio histórico a socio estratégico
Durante décadas, Estados Unidos fue el principal socio comercial de América Latina. Ya no. Hoy, China es el primer comprador de materias primas sudamericanas: soja paraguaya, cobre chileno, carne argentina y petróleo brasileño viajan hacia el Pacífico en un patrón comercial cada vez más consolidado.
Brasil lidera esta nueva dinámica. Su balanza comercial con China supera los 190 mil millones de dólares. Solo en productos agrícolas, Brasil exporta a China más de 50 mil millones al año. La relación ha llegado a un punto de interdependencia: un deterioro en los vínculos sería un problema tanto para la seguridad alimentaria china como para el mercado brasileño.
Lula da Silva lo tiene claro. Su visita a Pekín no solo incluyó una maratón de reuniones con empresarios chinos, sino también compromisos por más de 4 mil millones de dólares en sectores estratégicos: autos eléctricos, energía renovable, semiconductores y biocombustibles.
La agenda verde frente al «drill, baby, drill»
Mientras Estados Unidos, con Trump a la cabeza, revive el eslogan «drill, baby, drill» como respuesta al desafío energético, China apuesta por una transición verde. El discurso del cambio climático y la inversión en tecnologías limpias se alinea más con las prioridades de los países latinoamericanos, urgidos de desarrollo sostenible.
La declaración final del foro fue contundente: condena al unilateralismo, rechazo a la injerencia externa y llamado a una globalización inclusiva. También se sumó una crítica abierta al dominio del dólar como herramienta de poder financiero. El mensaje es claro: el sur global no quiere más órdenes, quiere asociaciones justas.
La excepción argentina y el repliegue ideológico
No todos en la región están en sintonía. Argentina, bajo el mandato de Javier Milei, se ausentó del foro y optó por enviar una delegación de bajo perfil. Su orientación pro-Washington lo ha aislado de iniciativas multilaterales clave. Mientras Brasil suma inversiones, Argentina espera una “lluvia” que no llega.
Washington, por su parte, reaccionó con torpeza. En vez de ofrecer una agenda constructiva, envió a Brasil a su coordinador de sanciones para evaluar medidas contra un juez del Supremo. La narrativa de amenaza y castigo sigue intacta.
Un nuevo corredor geopolítico
Uno de los proyectos más ambiciosos discutidos en el foro fue el corredor bioceánico Capricornio, una red vial que conectará el Atlántico brasileño con los puertos chilenos en el Pacífico. Esta infraestructura permitirá que las exportaciones sudamericanas lleguen directamente a Asia, evitando el canal de Panamá y, con él, una pieza clave en el ajedrez geopolítico de EE. UU.
Conclusión: ¿Y si el futuro ya no pasa por Washington?
La geopolítica global está en reconfiguración. América Latina parece haber entendido que la soberanía no se defiende con discursos, sino con opciones. Y hoy, esa opción se llama China. Con inversiones, respeto diplomático y una visión multipolar, el gigante asiático ha desplazado a una potencia que sigue tratando a la región como su «patio trasero».
El nuevo eje del mundo ya no es norte-sur, sino este-oeste. Y América Latina, por primera vez en mucho tiempo, empieza a decidir hacia dónde quiere mirar.

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