Por Omar Ríos

Durante años, Venezuela fue el sinónimo del colapso económico latinoamericano. Un país arrasado por la hiperinflación, sancionado por Occidente y sumido en una crisis institucional que expulsó a millones de ciudadanos más allá de sus fronteras. Sin embargo, lo que parecía ser un capítulo cerrado en la historia del desarrollo latinoamericano, hoy se reescribe con tintes de desafío y reinvención. Venezuela no solo está regresando al escenario global… lo está haciendo como una amenaza directa al orden económico establecido.

Desde Caracas ya no se lanzan discursos ideológicos vacíos; ahora se cierran contratos. Ya no se grita contra el imperio; se comercia con Asia y Europa en monedas distintas al dólar. Mientras Washington impone nuevos aranceles, en La Guaira se cargan contenedores con fertilizantes, café y aluminio con destino a Estambul, Shanghái y 24 países europeos. La narrativa ha cambiado, y con ella, el equilibrio del poder global.

El renacer silencioso

Todo comenzó al margen del radar mediático. Asfixiada por bloqueos financieros y sanciones multilaterales, Venezuela se vio obligada a crear un modelo económico alternativo. Uno que no dependiera del petróleo, ni del dólar, ni de la aceptación de las potencias occidentales. Y en esa reinvención forzada, el país encontró un nuevo camino: la exportación no tradicional.

En 2023, más del 21% de sus productos no petroleros fueron enviados a Asia. Las ventas a China crecieron un 73% en tan solo un año. Mientras tanto, el comercio con Estados Unidos —antiguo socio principal— se redujo a un ínfimo 8%. Esta transformación no es una casualidad. Es una estrategia deliberada para construir una economía que no requiera el beneplácito de Washington.

En este nuevo tablero, Turquía se convirtió en una pieza clave. En tan solo seis meses, el comercio bilateral superó los 3,000 millones de dólares, sin pasar por bancos estadounidenses. Además, más de 800 millones de dólares en dividendos generados por empresas turcas ya circulan en Venezuela, también fuera del sistema financiero tradicional. Se ha levantado un bloque comercial alternativo. Silencioso, pero poderoso.

El contragolpe de Washington

Pero todo avance tiene un costo, y el de Venezuela llegó en forma de represalia económica.

Estados Unidos, al ver la consolidación de este nuevo eje comercial entre Caracas, Estambul y Pekín, activó una medida de presión que no usaba desde la Guerra Fría: aranceles del 15% sobre productos venezolanos no tradicionales. Una jugada diseñada para frenar el avance exportador de Caracas y restaurar el control perdido sobre su antigua esfera de influencia.

Sin embargo, el efecto fue el contrario. Lejos de intimidarse, Venezuela redobló sus envíos. Desde septiembre del año pasado, más de 3,000 toneladas de productos —desde camarones hasta ron— han zarpado rumbo a Europa y Asia. Más de 10 barcos mensuales parten ahora desde sus puertos, sellando acuerdos que no utilizan dólares ni requieren aprobación estadounidense.

El mensaje es claro: la hegemonía del dólar ya no es intocable.

Y aunque los nuevos aranceles podrían duplicar los costos de exportación para ciertos productos, la estrategia del gobierno de Nicolás Maduro ha sido blindar rutas comerciales, diversificar mercados y consolidar alianzas estratégicas con países dispuestos a desafiar las reglas tradicionales del juego. En cada contrato firmado fuera del sistema bancario de EE. UU., se sepulta un poco más el viejo orden financiero global.

¿Un nuevo modelo latinoamericano?

La pregunta ya no es si Venezuela se está recuperando. Es si su modelo económico posdólar es replicable.

Hoy, el país sudamericano exporta a 24 de los 27 países de la Unión Europea, y su presencia en los mercados asiáticos crece a ritmo acelerado. Esto no es solo una historia de sobrevivencia. Es una declaración de independencia monetaria.

Pero lo más inquietante para Occidente no es el éxito de Caracas, sino la posibilidad de que otros lo sigan. Ya hay señales de interés desde Brasil, Argentina e incluso México, donde las tensiones con Washington crecen y la necesidad de autonomía financiera se hace cada vez más evidente.

Venezuela, que hace cinco años era un ejemplo de colapso institucional, hoy podría convertirse en el modelo de una nueva era económica latinoamericana. Una era donde el dólar no sea obligatorio, donde las sanciones pierdan su efecto disuasivo y donde las alianzas geopolíticas se formen más por interés mutuo que por presión ideológica.

El nuevo tablero global

Lo que está ocurriendo no es un evento aislado. Es parte de una tendencia global. China, Rusia, Turquía, Irán, India… todos están observando lo que Venezuela ha logrado con atención. Y más importante aún: lo están empezando a imitar.

El mundo que conocimos —con Washington dictando las reglas y el dólar como herramienta de dominación— se está resquebrajando. No será de un día para otro. Pero el proceso ya comenzó.

Y lo inició un país que muchos dieron por muerto.