junio 23, 2025 / Omar Ríos / Geopolítica
La madrugada del 13 de junio marcó un punto de inflexión en la geopolítica global: Estados Unidos lanzó la operación «Martillo de Medianoche» contra tres instalaciones nucleares clave en Irán —Fordo, Natanz e Isfahán— con apoyo logístico de Israel y una Europa cómplice. Mientras Washington proclamaba un éxito militar rotundo, Teherán minimizaba los daños y el mundo observaba expectante lo que podría ser el preludio de un conflicto aún más devastador.
Un déjà vu geopolítico
La narrativa suena familiar: un «régimen hostil» que representa una amenaza global, armas de destrucción masiva como excusa, y una operación unilateral sin aprobación de la ONU ni del Congreso estadounidense. Esta película ya la vimos en Irak en 2003 y en Libia en 2011. Hoy, Irán parece ser el nuevo objetivo de un guión repetido: el cambio de régimen.
El bombardeo masivo involucró 125 aeronaves, incluyendo bombarderos y aviones cisterna KC135, y el despliegue de bombas antibúnker GBU-57 y misiles Tomahawk. Sin embargo, la ausencia de contaminación radiactiva y las evaluaciones de expertos indican que las capacidades nucleares iraníes podrían recuperarse en semanas.
La narrativa que oculta intereses
Occidente insiste en que Irán no debe acceder al arma nuclear, ignorando que Teherán ha sido firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear desde 1968 y que cumplía con el acuerdo nuclear de 2015 hasta que fue roto unilateralmente por la administración Trump en 2018. Israel, en cambio, nunca ha reconocido su arsenal atómico, protegido bajo una política de «ambigüedad deliberada».
Este doble rasero revela el verdadero objetivo: no es evitar una bomba iraní, sino impedir que Irán emerja como potencia regional capaz de hacer contrapeso a Israel. Para garantizar la supremacía israelí, EE.UU. necesita una región permanentemente inestable y fragmentada.
¿Y ahora qué?
Irán tiene la iniciativa. Las posibles respuestas van desde ataques a bases militares estadounidenses hasta un eventual cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial. Un bloqueo allí podría disparar el precio del crudo, encarecer los energéticos y provocar una crisis económica global de grandes proporciones.
Este escenario pondría a prueba la cohesión de las potencias, especialmente a China, que depende en gran medida del petróleo que cruza por Ormuz. Washington ya presiona a Pekín para que contenga a Teherán. Lo que está en juego no es solo el equilibrio en Medio Oriente, sino la estabilidad del sistema económico global.
Reflexión final
Lo que está ocurriendo no es una defensa de la paz ni una lucha por los derechos humanos. Es una lucha por el control geopolítico del mundo post-occidental. La historia ha demostrado que las campañas aéreas no derrocan regímenes, solo alimentan el odio y radicalizan posiciones. Estados Unidos podría estar sembrando una futura resistencia aún más fuerte y determinada.
Mientras tanto, los países del Sur Global —incluyendo a varias naciones latinoamericanas— emergen como las únicas voces sensatas, exigiendo diplomacia y denunciando la hipocresía de una OTAN que sigue confundiendo seguridad con dominación.
La pregunta no es si Irán responderá, sino cuándo y cómo. Y lo más preocupante: ¿qué pasará después?
